Con la nevada de hoy, cualquiera subía al trabajo en coche. No tanto por la nieve en sí, sino por el hielo. Mi calle y las aledañas tenían una capa de hielo de órdago.

Así que hoy he decidido subir en autobús. Más lento, pero más seguro. Y, en caso de accidente, nada que tenga que ver con mi coche.

Bueno, no ha sido tan complicado... aparte de llegar casi hora y media tarde, claro. Los autobuses han pasado, sí; pero con atasco de órdago y a velocidad reducida. El campus externo de la UAH, y por extensión el hospital y el Parque Científico-Tecnológico (donde trabajo) están totalmente helados... me río yo de la helada de mi calle. Así, una línea que pasa cada 4-6 minutos ha tenido un lapso entre autobús y autobús de casi 45 minutos. Lo sé porque he visto salir un autobús cuando estaba a unos 20 metros de la parada, pero no me he atrevido a salir corriendo para alcanzarlo. Así que me he esperado al siguiente.

Llegar andando desde la parada del hospital hasta la empresa (apenas un kilómetro, según Google Maps) ha sido toda una experiencia. Y, sobre todo, con el agradable crunch crunch de las botas aplastando la nieve helada. Eso cuando era nieve y no hielo. Sobre hielo, las botas sonaban flush flush. Y sí, resbalaban.

Lo que ha tenido mérito ha sido ver a una profesora de la facultad de Farmacia, andando pocos metros por delante de mí, con sus tacones de diseño. Menuda caída.